zaterdag 10 september 2011

El futuro de la sociedad

Ayer tuve una tarde de lo más kitsch. Mientras limpiaba la casa cual maruja cum laude, de fondo, iba escuchando una serie de conferencias que los sabios del momento ofrecen una vez al año en Monterey, California. Se hablaba de todo, un popurrí de temas que pretendían dibujar el presente de nuestra sociedad y el camino hacia el futuro de la misma. Uno de esos genios o sabios, Clifford Stoll, astrónomo, físico e ingeniero informático, captó mi atención e hizo que abandonara el estropajo durante un momento. Comenzó hablando en términos incomprensibles para quienes no tenemos ni idea de física, ni de astronomía y ni de informática, todo ello para explicar que aunque podría dar una conferencia sobre esos temas no lo iba a hacer. Le pedían que hablara del futuro de la sociedad. Una persona que conoce como nadie el universo y las leyes de la física, y que además sabe todo lo que se puede saber en este momento de tecnología, tiene que ser capaz de hablarnos del futuro, de cómo va a ser nuestra sociedad en 20 años. Así lo habían razonado los organizadores del evento cuando le invitaron a dar su charla. Sin embargo, Stoll, como buen sabio y demostrando su sencillez y humildad lo dejó claro: Si quieren saber ustedes cómo va a ser nuestra sociedad en 20 años, no me pregunten a mí, pregúntenle a una profesora de guardería. Son las únicas que saben cómo será nuestro mundo en un par de décadas.
Los que nos dedicamos a la educación vemos pasar el futuro todos los días delante de nuestras narices. A veces con esperanza, otras con preocupación. Antes el profesor era una institución, era el poseedor de los conocimientos que el estudiante ansiaba por asimilar. Hoy la educación es interactiva, el profesor aprende todos los días de sus alumnos. Esa es al menos mi experiencia. Mis clases no pueden ajustarse a un método porque la flexibilidad es una condición indispensable para captar la atención de las nuevas generaciones. Cada clase es un mundo, cada día es diferente y lo que funcionó ayer no tiene porqué funcionar hoy. Quizás tenemos que comenzar a quitarnos las ataduras de las viejas fórmulas. Preguntarnos para empezar para qué estamos educando a estas generaciones. Como decía Sir Ken Robinson en su conferencia sobre educación, en los próximos años asistiremos por primera vez en la historia de la humanidad a la visión de un mundo con mayor número de titulaciones académicas. Hemos convertido la educación en una fábrica de producción en masa, en un mundo donde los diplomas cada vez tienen menor valor. En las últimas generaciones hemos perdido muchos talentos. Robinson lo ilustra con el ejemplo de Gillian Lynne, coreógrafa de musicales como Cats y el Fantasma de la Opera. Lynne era una niña problemática para los profesores, no podía concentrarse ni estarse quieta durante las clases. Hoy la hubiéramos catalogado como un caso de hiperactividad. Su madre la llevó a un médico tras la recomendación de los profesores. El médico escuchó pacientemente a la madre relatar el comportamiento de su hija durante las clases. Mientras Lynne escuchaba inquieta en su silla. Tras largos minutos de charla, el médico le pide a la madre salir un momento para hablar a solas y antes de salir pone la radio. Al otro lado del cristal observan cómo Gillian se pone a bailar. El médico hizo su diagnóstico afortunado: Su hija no está enferma, su hija es una bailarina. Ese diagnóstico cambió la vida de Gillian, que dejó el colegio para ingresar en una academia de danza y poder desarrollar su talento que ha hecho disfrutar a tantas personas en el mundo. Estos casos se dan todos los días.
Cuántos talentos estaremos despercidiando? El caso de Gillian me recuerda a dos estudiantes de las que soy mentora. Una de ellas es bailarina. Esa es su verdadera pasión, bailar y dar clases a niños. Pero se pasa sus días en nuestras aúlas, quitando horas a su entrenamiento de la danza, porque según sus padres de eso no se puede vivir y hay que tener un título universitario para llegar a algo en la vida. Pero sus ojos sólo brillarán bailando. La otra estudió arte y fotografía. He visto algunos de sus trabajos fotográficos y me emocionan. Con 19 años tiene una increíble capacidad para captar el alma de las cosas, hasta un piedra cobra vida tras su objetivo. El arte no es suficiente para comer. Qué les dices a esos estudiantes? A nosotros, a la fábrica de la educación, nos interesa que no abandonen la carrera, porque son ellos quienes nos dan de comer. Por otro lado, cuando uno experimenta esa transición de ser profesor a convertirse en educador, la ética del alma pide a gritos decirle a estos estudiantes que se concentren en su pasión. Esa es al fin y al cabo la clave del éxito: pasión por lo que uno hace.
Yo no soy profesora de guardería, cuando llegan a mis manos están entrando a la edad adulta, pero si me preguntan cómo veo yo nuestra sociedad en veinte años, creo que si no recapacitamos por un momento y echamos el freno de mano, tendremos una sociedad de talentos frustrados que se esconden bajo un montón de títulos académicos sin valor.

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